Laguna de San Ignacio, santuario de la ballena gris

Laguna de San Ignacio, santuario de la ballena gris

En la Reserva de la biosfera El Vizcaíno, Baja California Sur, existe un santuario de la ballena gris que es un verdadero tesoro natural.

La Laguna de San Ignacio es un cuerpo de agua que penetra 33 kilómetros tierra adentro desde la costa de la Bahía de Ballenas, en el Océano Pacífico. Aquí, manso y salvaje, se encuentra un santuario de la ballena gris.

Cada año, este gigantesco cetáceo emigra hasta estos recovecos desde los mares de Bering y del Ártico, en una travesía de más de 10 mil kilómetros. Este viaje ancestral que se ha repetido por millones de años, tiene por objeto el que las hembras den a luz a sus crías, en las postrimerías del otoño, antes de regresar a finales del invierno con sus vástagos al lejano Polo Norte.

La experiencia de convivir con las ballenas grises es una emocionante manera de acercarse a la naturaleza, y quizá una de las vivencias con fauna silvestre más fascinantes. La Laguna de San Ignacio nos es el único santuario de la ballena gris en la península, pero si el de más fácil acceso y con los mejores servicios, sobre todo en lo que respecta a las excursiones por el santuario, que aquí están muy bien organizadas con pescadores locales y biólogos expertos y certificados.

La época para visitar este santuario es entre los meses de noviembre y marzo de cada año, que es cuando las últimas ballenas emprenden su viaje de regreso.

Todo inicia en Santa Rosalía

Existen varias rutas para acercarse a la Laguna de San Ignacio. Desde Ensenada tendrás que recorrer alrededor de 750 kilómetros, y desde La Paz en la Baja California Sur la distancia es de 625 kilómetros. Como sea, el primer lugar al que hay que llegar es el poblado de Santa Rosalía, que está prácticamente en la mitad de la península; desde allí hay que trasladarse al oasis de San Ignacio, y una vez ahí el recorrido hasta la laguna es cuestión de una hora.

Santa Rosalía es un rincón del desierto frente al Mar de Cortés con historias insospechadas. Basta imaginar cómo es que converjan en un punto aislado del desierto, entre dos mares inexpugnables, personajes tan disímiles como Gustave Eiffel, población china llegada desde el sur de California tras la construcción del ferrocarril, ingenieros franceses de alta alcurnia parisina, e indios yaquis del lejano desierto sonorense, entre otros personajes de dudosa procedencia.

Todo empezó con la Compañía del Boleo que vino desde Francia a explotar el cobre en estos parajes ardientes, en plena época del porfiriato cuando las concesiones mineras estaban mayormente en manos del capital extranjero. Hoy, los vestigios de aquella época convulsa están todavía a la vista, como la iglesia metálica y mecano que Eiffel construyó justo después de su torre para la Exposición Universal de París. También siguen aquí las viejas estructuras de la compañía minera, y los socavones en la roca.

El resto de la historia se puede ir conociendo en el sorprendente Hotel Francia, de estilo victoriano y con mobiliario de época, o en la antigua estación de tren hoy convertida en Presidencia Municipal y que ostenta un extraño estilo entre victoriano y pagoda china. O tal vez en los cementerios chino y francés donde descansan los antiguos habitantes de la región.

Las leyendas de Santa Rosalía siguen vivas, con las variaciones y acotaciones que va dando el tiempo.

El pueblo de San Ignacio

Desde Santa Rosalía hasta el poblado de San Ignacio hay alrededor de 73 kilómetros de distancia. Primero se cruza por el aún activo Volcán de la Vírgenes, para más adelante dejar repentinamente el desierto e incursionar en la frondosa vegetación del oasis de San Ignacio, que es alimentado por al arroyo Santa Marta.

Aquí son impresionantes las extensiones de palmas datileras, los frondosos huertos y los exóticos entornos tropicales. En el pueblo, la espléndida Misión de San Ignacio de Loyola, fundada por jesuitas en el siglo XVIII, es un vestigio fundamental de la gran epopeya evangelizadora en la península.

La laguna y el santuario de la ballena gris

Desde el pueblo de San Ignacio en poco más de una hora estarás en la laguna, que eventualmente crece y gana terreno en los arenales durante las épocas de lluvias. En su unión con el Océano Pacífico existen algunas islas que cierran el estero; en otros islotes dentro de la laguna habitan garzas, águilas pescadoras, pelícanos, cormoranes y tortugas que han escogido estos promontorios para estar lejos de depredadores de tierra. Desde la orilla también se pueden observar los delfines y algunas otras especies.

En la laguna y en el pueblo de San Ignacio encontrarás varias empresas que ofrecen paseos por el agua, de manera controlada. Cuando la lancha se detiene en medio de la laguna, las ballenas y sus crías se acercan para dejarse acariciar, asomando la cabeza para saludar con una expresión de ternura en sus ojos. En algún momento se alejan y repentinamente emergen en un salto descomunal con sus más de 40 toneladas de peso; salpicar a la concurrencia parece divertir a estos gigantes, que repiten el acto varias veces.

Parte de la excursión por la laguna incluye descensos en las islas, con sus playas de ensueño. Desde sus promontorios más altos se pueden ver los entornos lejanos, con picachos que emergen de los suelos del  Desierto del Vizcaíno, entre los que se encuentran El Victoriano, el Santa Clara y el Tecolote.

Una vez atisbado el horizonte hay que regresar con las ballenas, que vienen hasta aquí para dar a luz a sus crías en sitios específicos con profundidades que van de los 2 a los 4 metros. A fin de año primero llegan las hembras preñadas, y más tarde se van presentando los jóvenes y los machos; empiezan a llegar en noviembre y a más tardar los últimos días de marzo parten las últimas. Las crías tendrán en el mejor de los casos escasos tres meses para fortalecerse y emprender el camino de 10 mil kilómetros de regreso.

Hoy existen alrededor de 25 mil ballenas grises, y están en proceso de escapar del peligro de extinción gracias a las campañas que México y otros países realizan para salvaguardar este patrimonio natural de inconmensurable riqueza. La cultura del respeto por estas vidas es fundamental, y la mejor manera de entender la importancia de este tema es acercándose a estos seres excepcionales.

Escuchar su respiración a tu lado, mirar sus ojos apacibles, acariciar su piel rugosa y sentir sus cantos en los fondos marinos, es acercarte a la más maravillosa forma de vida que hubieras podido imaginar, un verdadero privilegio de la naturaleza.

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