Herencia Maya de la Selva Lacandona

Herencia maya de la Selva Lacandona

Desde Palenque en el estado de Chiapas, puedes emprender una aventura hacia la exuberante y exótica Selva Lacandona en busca de los secretos mayas.

Adentrarse en la selva es una experiencia para los viajeros más curtidos en excursiones que ofrecen sensaciones intensas. Después de esta ruta en el corazón de los legendarios lacandones, herederos de misterios ancestrales, tu vida no volverá a ser igual.

Todo inicia en Palenque

El mejor lugar para iniciar tu viaje por la Selva Lacandona es desde Palenque. Una vez que te hayas sumergido en todos los rincones de su zona arqueológica, en el aledaño poblado de Santo Domingo podrás obtener toda la información necesaria para emprender la travesía por las entrañas de la selva. Es indispensable realizar la expedición con vehículos de doble tracción muy bien acondicionados y acompañados con un guía certificado.

El primer objetivo será llegar a las comunidades de Metzabok y Nahá, para ello deberás llegar al crucero de Chancalá en el kilómetro 44 de tu camino, para luego continuar hasta el crucero del Piñal, desde donde un camino de terracería te dirigirá a la comunidad del Piedrón. Desde este pequeño pueblo deberás seguir los señalamientos que te llevarán hasta Metzabok, y unos veinte kilómetros después hasta Nahá.

En total la expedición es de aproximadamente 100 kilómetros desde Palenque hasta Nahá, pero debes de considerar que la mitad del camino es de terracería, por lo que necesitarás de unas 4 o 5 horas para llegar hasta tu objetivo. Es muy recomendable que trates de evitar la época de lluvias para que los caminos no se compliquen, y considera llevar gasolina extra. Sacos de dormir, linternas, hamacas, impermeables, repelentes de mosquitos, mudas de ropa, y enseres para cocinar tampoco están de más.

Por la entrañas de la Selva Lacandona

Después del recorrido desde Palenque, la selva te regalará imágenes prodigiosas de ceibas sagradas, quetzales, monos arañas y monos aulladores. La pequeña comunidad lacandona de Nahá te estará esperando con sus habitantes mayas de túnicas blancas, y sus tradiciones ancestrales siempre cercanas a la naturaleza.

En Nahá hay cabañas rústicas administradas por los habitantes de la comunidad, que son verdaderamente un edén en el corazón de la selva. Son muy recomendables para pasar la noche y convivir con los lacandones, de los que podrás aprender lo que es cohabitar con la madre naturaleza en las largas caminatas por sus senderos ancestrales. Los caminos te llevarán hasta la laguna de Nahá, donde podrás gozar de sus aguas en el lugar más espectacular de la tierra. Los paseos en canoa con los niños lacandones te revelarán todos los secretos de la selva. Es una experiencia inolvidable.

Desde la comunidad de Metzabok también podrás encontrarte con los lugares más exóticos y de la jungla. La zona regala cuerpos de agua estupendos para paseos y chapuzones; en esta zona, la cueva ceremonial de Tzibaná tiene pinturas rupestres muy poco conocidas, que son un soberbio patrimonio de los ancestros mayas. Asimismo, un alto en el camino en el Mirador es imperdible para obtener las mejores postales de la selva.

Por el río Usumacinta hasta Yaxchilán

Una vez que hayas descubierto lo mejor de la región de Nahá y Metzabok, debes embarcarte en el río Usumacinta, que es el más caudaloso de nuestro país. La navegación por este venero de vida que cruza toda la selva te llevará hasta la majestuosa zona arqueológica de Yaxchilán (“Ciudad de las Piedras Verdes” en maya), que es una de las más espectaculares del mundo maya.

El recorrido por el río te irá regalando panoramas que nunca olvidarás; guacamayas, tucanes, y aves de todo plumaje te acompañarán todo el camino, y en la copa de los árboles los monos te mirarán pasar con sigilo y curiosidad. Cuando tu embarcación se acerque a Yaxchilán, las estelas, dinteles e inscripciones en primer plano, y más allá los templos, palacios y adoratorios abrazados por la insaciable naturaleza te quitarán el aliento.

La ciudad, tal como se le conoce hoy, inició con sus primeros cimientos en el año 350 de nuestra era, aunque su consolidación no fue sino hasta el siglo VIII, durante el reinado de Pájaro Jaguar IV. La Gran Plaza es la principal estructura a la que se accede desde el río a través de un misterioso laberinto.

En este primer conjunto se yergue un fantástico juego de pelota y decenas de edificios que fueron en sus mejores tiempos palacios y aposentos de dignatarios. Las fachadas tienen impresionantes dinteles que narran el transcurrir de las distintas dinastías del lugar. Los edificios 12 y 22 son los más emblemáticos, y una gran estela que está sobre la plaza muestra al Pájaro Jaguar IV en todo su esplendor.

Continuando el ascenso hacia la parte alta de la ciudad, se llega hasta la magnífica Gran Acrópolis, que a la entrada presenta el edificio 33, el más impresionante de toda la ciudad. Su crestería, sus jeroglíficos, sus dinteles y en su interior la escultura del Pájaro Jaguar IV decapitado, son un espléndido tesoro del mundo maya. Los senderos que salen de la Gran Acrópolis te llevarán hasta las Acrópolis Pequeña y Sur, que tampoco tienen desperdicio con sus pinturas murales e inscripciones notables.

Está de más decir que un viaje por la Selva Lacandona es una de las aventuras más intensas e interesantes que se pueden realizar en nuestro país. No dudes en ningún momento en regalarte este periplo inolvidable en las más profundas entrañas del mundo maya; es simplemente una experiencia que nunca olvidarás.

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