Mineral de la Reforma, pueblo fantasma en Coahuila

Mineral de la Reforma, pueblo fantasma en Coahuila

En el municipio de Cuatrociénegas, Coahuila, se encuentran olvidados en medio del desierto los restos del Mineral de La Reforma.

Entre cuevas apaches, restos fósiles, cordilleras, cactáceas y planicies, los vestigios del poblado parecen espectros que guardan celosamente sus secretos de oro y plata. Por los senderos que llevan a La Reforma, están las minas solitarias todavía con sus rieles y vagones de extracción, que en otros tiempos surcaban las entrañas de la tierra. Permanecen mudos y oxidados los enormes esqueletos  metálicos de grúas, palas excavadoras y carretillas, los cables de acero dispersos, y las herramientas olvidadas, también enmohecidas, cansadas de esperar a que regresen los trabajadores.

Un poco de historia

El Mineral de La Reforma fue en su época de bonanza uno de los más ricos y prolíficos de Coahuila. Su historia inicia en 1885 con los primeros trabajos de extracción en la mina de La fortuna; oro, plata, cobre, zinc y plomo eran los valiosos minerales que se extrajeron. Con la llegada del ferrocarril a Cuatrociénegas en 1894 la producción aumentó considerablemente, y para finales de la primera década del siglo XX, la población alcanzó hasta los 2 mil habitantes.

Pero a mediados del siglo pasado, los trabajadores de la mina organizaron una huelga buscando mejores condiciones laborales y salariales. Como solía ocurrir, no se llegó a ningún acuerdo y la mina cerró definitivamente en 1958, después de varios conflictos.

El pueblo de La Reforma se fue vaciando poco a poco hasta quedar totalmente abandonado a finales de los cincuenta.

Los secretos del Mineral de la Reforma

Lo primero que se tiene que hacer para llegar hasta el pueblo fantasma de La Reforma, es llegar a la ciudad de Saltillo en Coahuila. Desde allí hay que tomar rumbo a la ciudad de Monclova, y una vez en esta importante ciudad minera, hay que continuar con dirección a Cuatrociénegas. Aproximadamente 60 kilómetros después se llega a la desviación que lleva al Mineral de La Reforma.

El Mineral de La Reforma está franqueado por las agrestes sierras de La Purísima y de San Marcos, que sorprenden desde la llegada con sus viejos puentes de madera en las barrancas, las bocas que conducen a las entrañas de la tierra, los tiros de más de un kilómetro de profundidad, los rieles oxidados y las vías que van de las minas a los molinos, ya en el corazón del poblado.

La avenida principal del pueblo alberga en silencio a decenas de fachadas de adobe, que ya han perdido techos y herrerías Los magueyes y cactáceas ya han recuperado el espacio que alguna vez les perteneció. Todavía parecen escucharse las voces de los mineros a los lejos, dirigiéndose con sus cascos y guantes de trabajo hacia los tiros y las minas. Sin embargo, cuando el viento se disipa la soledad es aplastante. En La Reforma e incluso un poco más allá sólo se mece el abandono, el destierro, el desamparo.

En esta melancolía solitaria, a cada paso se van descubriendo los recintos donde alguna vez residieron las esperanzas de hombres y mujeres de miradas imperturbables, personajes que cada día enfrentaban la vida y la muerte en las oscuras profundidades de la tierra, solos con sus linternas y los ensordecedores latidos de sus corazones.

Primero está el templo de la Virgen de Guadalupe, que todavía conserva en algunos de sus nichos las últimas veladoras de olvido, y más adelante está la escuela que todavía conserva las consignas de los trabajadores eternizadas en alguno de sus pizarrones. También está  la cárcel con sus cuatro muros dramáticos, y un poco más allá las oficinas de la Compañía Minera, con sus ventanales de herrajes oxidados que miran hacia el horizonte de serranías infranqueables.

En las cantinas, las estanterías guardan algunas botellas vacías que se terminaron antes del último éxodo, cuando las familias perdieron toda esperanza. Y también está el cine, que seguramente proyectaba las mejores películas del cine de oro mexicano. El mercado, la peluquería, el rastro y la comisaría están también vacíos, desamparados, hoy habitados únicamente por magueyes, nopaleras y el silencio.

Perderte en este pueblo fantasma en medio del desierto es una experiencia imborrable. Acampar entre sus muros fantasmales con las noches estrelladas más fantásticas, te dejará sensaciones muy intensas en una aventura que te traslada a otros tiempos.

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