Creel y los pueblos de la Sierra Tarahumara en Chihuahua

Creel y los pueblos de la Sierra Tarahumara en Chihuahua

En Chihuahua, los pueblos de la Sierra Tarahumara, incluyendo el Pueblo Mágico de Creel, esconden tradiciones milenarias y rincones naturales de sorprendente belleza.

En el corazón del Mundo Tarahumara en Chihuahua, se encuentra el Pueblo Mágico de Creel, un punto estratégico para explorar algunos de los rincones más exóticos de la Sierra Tarahumara.

Por los senderos de las barrancas se encuentran cuevas, monolitos extraordinarios, desfiladeros imponentes, cascadas y lagunas de belleza infinita, las misiones de los primeros evangelistas, los pueblos rarámuris ‒como los tarahumaras se llaman a sí mismos‒ y sus hombres con el tambor a la espalda, siempre viniendo de lejos.

El pueblo de Creel vive de la carpintería, la ganadería y el turismo. En sus calles siempre hay viajeros de toda procedencia, con la vestimenta adecuada para realizar largas caminatas o rappel, y otros van en vehículos para emprender excursiones extremas. Algunos llevan bajo el brazo tambores, violines o alguna artesanía local. Y también están los habitantes de la región, que surcan las calles sin descanso llevando la madera a cuestas, o los productos del mercado.

En Creel no son muchos los tarahumaras, ellos viven a las afueras del pueblo, en San Ignacio o rumbo a San Juanito; muchos otros habitan las cuevas de las barrancas y de los valles.

Creel paso a paso

La visita de Creel puede iniciar por la estación del ferrocarril, en el centro del pueblo. Allí roba la atención un bello quiosco y una iglesia de estilo ecléctico, con muros de piedra y campanario de madera. A un costado está la antigua iglesia, con un estilo propio de las misiones jesuitas del siglo XVIII.

Frente a la estación se encuentra la Casa de las Artesanías, donde se pueden encontrar trabajos realizados por las manos rarámuris. Son especialmente interesantes los enormes tambores, que son los que ellos utilizan en sus fiestas y rituales, o para comunicarse a través de las barrancas. También hay violines, muñecos que los representan, cestería, vestidos, literatura sobre la región y fotos, entre muchas otras cosas.

A un par de cuadras del centro se ubica el Museo de Arte Sacro de San Ignacio de Loyola, y en la calle López Mateos, que es la principal, está el Museo de Paleontología. Al final de esta calle que atraviesa todo el pueblo, se halla el cementerio, al pie de la montaña y rodeado de pinos y cedros. Sus coloridas tumbas y su sencillez guardan un carácter misterioso y entrañable, difícil de olvidar.

Pueblos de la Sierra Tarahumara: San Ignacio Arareko

Al dejar el cementerio el camino se interna en el bosque, hacia el ejido tarahumara de San Ignacio Arareko. Enseguida van apareciendo las modestas casas rarámuris y las familias que viven en las cuevas. La más emblemática es quizá la del difunto Sebastián, donde se recibe al visitante alrededor del fuego con cordialidad, un café humeante y una sonrisa franca.

La experiencia de convivir con los tarahumaras de las cuevas es un experiencia irrepetible. En pleno siglo XXI, estos hombres viven como en los tiempos prehispánicos: en las amplias cavernas están enterrados sus difuntos, sus utensilios rústicos de uso cotidiano se guardan en agujeros en la piedra, y ahí mismo en muchos casos están los corrales de los chivos; del otro lado se encuentran las habitaciones con los petates y armarios en la roca, donde se guardan las vestimentas y los objetos rituales. Durante el día las cuevas son frescas, y de noche cada habitación se calienta con fogones.

Desde las terrazas naturales frente a las cuevas, se pueden ver a lo lejos a los chivos escalando pronunciadas pendientes en escenarios sorprendentes. Los rarámuris llevan a la espalda la leña o el agua, y suben y bajan las barrancas infinitas sin descanso, con nada más que el pinole que guardan en el cinto de sus pantalones de manta y con huaraches en sus pies, que son los mismos con los que ganan maratones internacionales; porque nadie corre más que los rarámuris, ellos son “los hombres de los pies ligeros”.

Muy cerca de las cavernas está el Valle de los Hongos, cuyas inusitadas formaciones pétreas son santuarios de paz. En las piedras rana, las mujeres tejen silenciosas sus cestas con las finas hojas de los pinos, y ofrecen sus productos terminados; los niños caminan a la sombra de las piedras tortuga, con una rueda de bicicleta en una mano y la flauta de madera de cinco hoyos en la otra; en las otras rocas gigantes también hay mujeres tejiendo, y familias que descansan del inclemente sol.

Más allá del valle, se encuentra la antigua misión jesuita del siglo XVIII de San Ignacio Arareko, que austera y legendaria recuerda las difíciles primeras incursiones misioneras en esta tierra de barrancas infinitas, con mujeres y hombres que desde entonces sólo querían paz, sin perder sus ancestrales costumbres. Las consecuencias de estas primeras irrupciones occidentales fueron terribles; incluso hoy una importante fracción tarahumara se conserva “gentil”, es decir, nunca fue cristianizada y conserva sus costumbres e ideología.

A poco más de media hora de San Ignacio, se encuentra el fabuloso Valle de Bisabirachi, también conocido como el Valle de los Monjes. El lugar alberga cientos de gigantescos monolitos con formas sugestivas. En los alrededores boscosos merodean zorros, mapaches y venados, y en la cima de los monolitos viven las águilas reales y los halcones de alas negras. El lugar es eternamente solitario, solo se escucha el viento y las aves lejanas, y se respira profunda paz y tranquilidad. Este es el santuario mayor, donde habitan los dioses, los ancestros, las leyendas y los misterios.

Maravillas naturales en las cercanías

En menos de tres cuartos de hora desde el Valle de los Monjes, se llega a la hermosa Laguna de Arareko, un espejo de agua espectacular rodeado de bosques de pino y rocas. En el lugar, los niños rarámuris pescan mojarras desde la orilla, las mujeres tejen a la sombra de los pinos, y en el agua están las garzas y los patos salvajes.

El ejido tarahumara opera aquí bellas cabañas frente a la laguna, que sin duda prometen una estancia idílica. Asimismo, rentan algunas embarcaciones para remar en la laguna, y también hay caballos en alquiler para recorrer los bosques de la zona.

Cerca de Creel, se encuentra la fantástica Cascada de Cusárare con sus más de 30 metros de altura; el paraje es espléndido, y permite paseos por el río y el bosque. A menos de un kilómetro de aquí, resulta imperdible la Misión de Cusárare también construida por los misioneros jesuitas a mediados del siglo XVIII; en su interior destacan lienzos religiosos elaborados por artistas tarahumaras.

A poco más de una hora de Cusárare, se yergue con su imponente belleza la Barranca de Tararecua; sus verdes panoramas de gigantescos paredones, su río y su cascada, son excepcionales. Desde el mirador más alto se puede ver en su máxima expresión la bella cascada de Rukiraso, que brota desde el interior de las rocas justo a media barranca. Cerca de aquí se ubica Recowata, un manantial de aguas termales a 35 grados centígrados, con la particularidad de que sus pozas están ubicadas en terrazas naturales de roca que regalan las mejores vistas de las barrancas.

No debes de irte de Creel sin probar su típico puchero de costilla, chambarete, cola, tuétano, verduras y hierbas aromáticas; sus espectaculares cortes de carne con tortillas de harina calientes al lado, los suculentos chiles de queso, y el tradicional chile verde asado a la leña.

Un viaje a la Sierra Tarahumara es una de las experiencias más intensas y sorprendentes que puede tener un viajero en México. Este encuentro con el Mundo Tarahumara desde Creel, es sólo un primer acercamiento por los caminos de las Barrancas del Cobre, por los senderos de los sabios rarámuris que todas las tardes interrumpen cualquier actividad para sentarse a presenciar el atardecer, con la tranquilidad que da el saberse en el “centro de la tierra”; porque dice la tradición que de aquí, en Cocoyme, salió el primer hombre.

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