Batopilas, Pueblo Mágico en las Barrancas del Cobre

Batopilas, Pueblo Mágico en las Barrancas del Cobre

En las profundidades de las Barrancas del Cobre, Chihuaha, se yergue el Pueblo Mágico de Batopilas, el último Macondo de nuestra geografía.

Desde las cimas de las barrancas se ve el pequeño pueblo minero de Batopilas, que descansa ajeno al tiempo, tan lejano que cuesta pensar que fue el segundo lugar en el país que contó con energía eléctrica después de la Ciudad de México. Todo el lugar es de proporciones bíblicas; la inmensidad es solitaria, sólo se ve algún tarahumara esporádicamente, con el tambor a la espalda y siempre viniendo de lejos. Sólo los ancestrales habitantes de estas barrancas entienden la magnitud de esta grandiosidad.

El Pueblo Mágico de Batopilas regala sensaciones insólitas y misteriosas; pocos lugares viven así, ensimismados, enfrentándose todos los días a las montañas y a la inmensidad. Las barrancas permiten ver el sol poco más de una hora al día, el río que lleva el mismo nombre siempre serpentea encajonado, los socavones abandonados y el azogue son el recuerdo de los tiempos de bonanza; en sus pocas calles hay un solo teléfono público, y no hay bancos ni hospital, pero sí crecen naranjas, guayabas y buganvilias.

Un poco de historia

Hace siglos, en estas barrancas sólo vivían los tarahumaras dentro de cuevas en la roca. Sin embargo, en 1708 llegó el español José de la Cruz atraído por los rumores de abundantes yacimientos de plata, y en ese momento empezó a escribirse el futuro minero de la región, donde las vetas de La Bufa y de Batopilas habrían de ser las principales protagonistas.

En esa época empezó a dibujarse el pueblo, y más tarde, a mediados del siglo XIX, llegaría hasta aquí Alexander R. Shepherd, un político estadounidense que se hizo inmensamente rico con la Mina de La Bufa. Fue entonces que la población fue adquiriendo el aspecto que hoy ostenta.

Ya en el siglo XX, el paso del tiempo se encargaría de acabar poco a poco con la minería, y Batopilas se convertiría en un pueblo que vive de sus buenos recuerdos, de sus bellos callejones con magníficas casonas, de sus miradores que regalan las mejores postales de las barrancas, de sus pequeñas comunidades tarahumaras, de su vieja misión jesuita, y de los portentos naturales en sus alrededores.

Batopilas, en el fondo de las Barrancas del Cobre

Para llegar hasta Batopilas, desde el Pueblo Mágico de Creel hay que recorrer 70 kilómetros hasta la comunidad de Samachique, desde donde sale un camino que desciende abruptamente por entre las barrancas por aproximadamente 65 kilómetros, hasta llegar al fondo de la Barranca de Batopilas. Existen transportes urbanos que salen desde Creel, y hacen este viaje, para el que se necesitan aproximadamente 4 horas.

Desde que inicia el descenso por los caminos de las barrancas, las vistas quitan el aliento. Unos cuantos kilómetros antes de llegar a Batopilas, es muy recomendable detenerse en el mirador de La Bufa, cerca de la comunidad tarahumara de Quírare, para disfrutar de las extraordinarias vistas de la Barranca del Cobre y del Pueblo Mágico sumido en la cañada. Otro mirador imperdible es el de la Barranca de los Plátanos, cerca del fantasmal pueblo minero de Cerro Colorado, que cuenta con cascadas idílicas a poca distancia.

Cuando finalmente se llega a Batopilas, sorprenden sus bellas casonas del siglo XVIII y XIX; entre las más emblemáticas están la residencia del Marques de Bustamante, la casa Barffuson, la Hacienda San Miguel y la que hoy alberga la Presidencia Municipal; todas son visitables, y lucen muebles, enseres y documentos de época.

Conforme se camina por las callejuelas, se descubren los hermosos puentes antiguos que cruzan el Río Batopilas y el viejo acueducto, alguna vez parte de la emblemática Ruta de la Plata. También son bellas las íntimas plazoletas y el quiosco de la plaza principal.

En las afueras es imperdible la misión jesuita de Satevó junto al río, que descansa aquí desde el siglo XVIII. Muy cerca, las comunidades tarahumaras de Munérachi y la Yerbabuena son parte del circuito turístico, aunque son lugares que los indígenas conservan para sí mismos. Las minas con sus socavones interminables hablan de los tiempos de bonanza de este pueblo, perdido en los confines de las barrancas.

Algunas tiendas venden artesanías tarahumaras, que son el mejor recuerdo de este pueblo: tambores, violines, arcos y cerámicas. Para comer, los restaurantes ofrecen espléndidos cortes de carne, caldillos, chile con queso, frijoles maneados, tortillas de harina y el tradicional tesgüino, que es una bebida preparada con maíz.

Para el hospedaje, algunas de las viejas casonas más relevantes del pueblo han sido habilitadas como agradables hoteles boutique, desde donde se puede ver pasar la vida de este pueblo legendario, que en su época de auge tuvo una población de hasta 50 000 habitantes. Hoy, menos de 1000 habitantes cuentan las leyendas de cuando en este lugar fueron encontradas algunas de las betas más prolíficas de la Nueva España.

Regálate este exótico viaje al Pueblo Mágico de Batopilas, puedes tener la certeza de que habrás estado en los confines del Mundo Tarahumara, uno de los territorios más enigmáticos de nuestro país.

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